Tengo un estante con libros en la entrada de la casa, tengo algunas cosas de Tellier, de Rojas, unos tremendos tomos de Neruda y Huidobro. Hasta algo de Lorca. También algunas cosas de Baudelaire y Rimbaud. Rilke también. Y Oscar Wilde. La Divina Comedia, Ripley in Peligro (que me parece absurdo leer por ahora), La Revolución de las Nanas, Mujeres que corren con lobos, Santa María de las Flores Negras, Tengo Miedo Torero. Tampoco faltan los libros sobre arte e ilustraciones. Y hasta hace poco tenía un pequeño diccionario Larousse que ha desaparecido.
Libros heredados, rescatados, regalados, algunos comprados.
Teniendo todos estos libros (y más) no me animo a leerlos. Creo que soy un poco obsesiva, pero a veces pienso que lo ideal es formar tu propia biblioteca con libros que has leído y no libros por leer… pero creo que esto es una excusa mía, porque últimamente (¡digamos hace años!) que no estaba disfrutando de leer. Sentía mi cabeza llena de nubes y poco retenía y cavilaba de lo que leía. Incluso en cuanto a comunicaciones, ya sea escrita o hablada había estado un tanto dormida. Algo así como en un coma comunicacional, el cerebro funcionaba, si. Pero no había mucho que pudiese decir.
Hoy me siento más o menos igual. Pero como despertando del coma. Y estoy enamoradísima de las instancias que encuentro para leer. Me recuesto y leo varias horas al día, a veces entre-cortadas, otras de seguido y me doy cuenta que extrañé mucho ese pasar de imágenes en mi cabeza mientras las letras forman palabras y luego frases y luego párrafos.